domingo, 9 de julio de 2017

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A los cinco quería tener diez; a los diez quería tener quince; a los quince quería tener dieciocho; a los dieciocho quería tener veintitrés; a los veintitrés quería tener veinticinco; A LOS VEINTICINCO QUERÍA TENER VEINTICINCO; a los veintiocho quería tener veinticinco; a los treinta y cinco quería tener veintiocho; a los treinta y ocho quiero tener veintiocho. 

Revertir el tiempo es la única utopía que existe, la vida se encarga de recordárnoslo en cada momento. En cambio, dedicar menos tiempo al trabajo y más a lo que te haga sentir realizado, lograr que lo que te haga sentir realizado sea tu propio trabajo, conseguir que tus acciones impacten lo menos negativamente posible en las personas de tu alrededor y en el medioambiente, necesitar cada vez menos cosas, dejarle a las generaciones futuras un planeta al menos en el mismo estado de conservación que el que nos  dejaron a nosotros, alcanzar de ese modo un mundo más justo, con menos diferencias entre personas y países, no es utopía, es simplemente cuestión de decisiones individuales. Los treinta y ocho años, esos que ya no quiero tener, me lo han susurrado al oído.


sábado, 24 de junio de 2017

Si supiésemos



Si supiésemos fabricar el producto o realizar la actividad por la que pagamos; si supiésemos lo que cuesta exactamente su fabricación o el servicio que nos han realizado; si supiésemos qué parte de lo que pagamos es lo que cuesta fabricarlo o llevar a cabo el determinado servicio, qué parte va para los materiales, qué parte para el personal laboral y qué parte es margen de beneficio para la empresa; si supiésemos lo que cuesta hacer un determinado producto o servicio y la diferencia con el dinero que nos cuesta comprarlo; si supiésemos las consecuencias por el uso de recursos naturales como materias primas, los vertidos que se producen, la contaminación y residuos generados, la explotación laboral que supone, la violación de derechos humanos a personas lejanas y los demás efectos secundarios que no se ven en un escaparate; si supiésemos todas esas cosas no concebiríamos que el beneficio de un gran empresario pudiera ser ilimitado, pues ello significaría que o no está pagando lo suficiente por arreglar el medio natural del que se surte, o no está dando unas buenas condiciones laborales a sus trabajadores, o no está ofreciendo unos precios justos a sus consumidores.  

El Saber, así con mayúscula, es el único escudo que tenemos para defendernos del beneficio inmenso de las grandes corporaciones que adquieren un poder tan brutal que no se contentan con vender productos o servicios, sino que se empeñan en influir en decisiones políticas generales que no les competen con el ánimo de ganar aún más y seguir ganándolo para siempre, y que se internan en los discursos mediáticos de manera sibilina para presentarse como bondadosos filántropos indispensables para nuestro modelo de desarrollo.

Molestémonos en conocer las consecuencias de tener petróleo como principal fuente de energía, gasolina en nuestros surtidores, camisetas y zapatos en nuestras tiendas; preocupémonos por saber qué había antes en aquel terreno donde ahora se levanta una urbanización, cómo era la playa cuando no había edificios, cómo estaba el cielo y qué cantidad de oxígeno puro había en las grandes capitales antes de que existiese una nube negra de polución debida principalmente a la colonización del coche como vehículo principal de transporte. Informémonos sobre cómo eran esos pueblos lejanos de países del sur cuando no existían nuestras fábricas de producción ni nuestros medios de locomoción y cómo están ahora. Pensemos si todos esos listos que se hicieron y se hacen de oro con esas actividades pagaron lo justo y necesario para que las consecuencias de su actividad no nos afectasen de manera tan inmediata y clara en nuestros derechos, en nuestra justicia, en nuestra naturaleza, en nuestra salud, y en la vida de los que están más lejos y vemos menos. Esa es la razón por la que el beneficio ilimitado, por muy legal que lo hayamos vestido, SIEMPRE entraña un aprovechamiento desmedido del desconocimiento ajeno. Esa es la razón por la que si eres megamillonario, seguramente serás CULPABLE.



lunes, 19 de junio de 2017

La actitud del viajero



Los adelantos tecnológicos de última generación en el mundillo de los móviles, cámaras de fotos, videos y el hecho de compartirlas en redes sociales reflejan la necesidad del ser humano de enfrentarse a la normalidad de nuestras vidas y dotarlas de algún aditivo que las haga parecer extraordinarias. Filtros de luz, coloreados irreales, uso de blancos y negros y demás opciones de nuestros dispositivos nos hacen sentir que lo que estamos experimentando es la hostia, cuando quizás tan sólo sea la misma vida que vive todo el mundo. Cosa que por otra parte no está mal, claro. El arte es hacer de lo cotidiano algo extraordinario.

Pero hay un aspecto que no estamos controlando demasiado bien. A gente adulta quizás no nos afecte tanto, pues tenemos experiencia de cómo era la vida antes, cómo son esos sitios y momentos, sabemos identificar que una foto es un instante, que la alegría, el agustismo y la comodidad, sobre todo esta última, que muestra una imagen o un video en un viaje puede ser algo pasajero y no proporciona toda la información de lo que supuso llegar hasta ese particular destino idílico. Pero las generaciones más pequeñas, las que aún no han experimentado la realidad, podrían quedar absorbidas por esa ilusión estética que muestran las redes en la que todo es happy, fantástico, carente de problemas, y puede provocar que al conocer la realidad, al vivirla en sus carnes, se desilusionen de tal manera que no consigan admirar lo verdaderamente extraordinario cuando lo tienen delante porque no han tenido la comodidad que parecían mostrar las fotografías y videos vistos sobre el lugar.

La importancia de viajar no es tanto el destino sino la experiencia, sentir cosas no sentidas durante los once meses que conforman el resto del año normal, aprender a afrontar los problemas, a entender que la comodidad no lo es todo y que a veces merece la pena mancharse, cansarse, no comer a la hora de siempre o desplazarse en vehículos algo más antiguos y ocupados que los que tus criterios occidentales podrían aceptar. Y es que cuando pasas esas experiencias y otras más duras en lugares alejados de tu zona de confort puedes sentir el crecimiento de unos músculos de los cuales desconocías su existencia, unos que no se alojan en los brazos, en las piernas o en la barriga, unos que no se trabajan en los gimnasios pero que te hacen formar parte de los seres más fuertes del planeta: los que empiezan a entender el verdadero significado de la palabra “problemas”. Y entonces escucharás las conversaciones ajenas, leerás los periódicos, analizarás la actualidad y te enfrentarás a tus propias dificultades con un sensor que habías tenido desactivado hasta el momento y que te hará identificar lo que antes habías considerado una putada enorme como algo absolutamente solucionable. Y será ése el momento de darte la enhorabuena, amigo, amiga, pues habrás conseguido trasladar la actitud del viajero a tu vida diaria. Y verás tus circunstancias directamente con otro filtro sin necesidad de ningún artilugio tecnológico, sino generado por ti mismo.


domingo, 11 de junio de 2017

Las tres R´s



Lees algo interesante que concuerda con lo que piensas y lo recoges y sitúas en una parte de tu cerebro predominante a la que acudes asiduamente para reutilizar en la ocasión oportuna. Oyes a gente que piensas que sabe pero te dice cosas que no compartes, así que recoges también esas palabras y las sitúas en un lugar distinto, donde transformarás el significado y lo adaptarás a tu experiencia y formación, reciclando un pensamiento original en otro que a veces no tiene absolutamente nada que ver con lo que fue. Escuchas a algunos soltar palabras como si fuesen escupitajos, llenas de odio, y también notas cómo son transportadas a tu cerebro y situadas mediante neuronas y conexiones sinápticas en un contenedor directo a incineración. Serán tratadas mediante un proceso de quemado al no poseer valor alguno, pero en su destrucción quedará un residuo en forma de ceniza que se depositará en el vertedero cerebral, y que si se hace muy frecuente podrá provocar, por contaminación gramatical, que aprendas a escupir también. 

Las palabras tienen un tratamiento que asemeja al de los residuos. Reutiliza las interesantes, recicla las que no compartes y quema las formas más sucias y que no contienen valor alguno. Con todo ello se crea una pasta que conforma nuestra personalidad y que nos hace pensar y comportarnos de una manera o de otra. Por ello es importante que reutilices y recicles las palabras interesantes, y reduzcas las que deben quemarse y producen ese humo tóxico. Contribuirás a mejorar tu medio ambiente literal y notarás cómo poco a poco serás capaz de mirar, escuchar y decir de una manera distinta, más limpia, más pura, más bonita. Y será entonces cuando podamos decirnos cualquier cosa.


lunes, 8 de mayo de 2017

Becarios




Becario: persona con una experiencia vital comprendida entre los veinte y los cuarenta años, que ha estudiado entre unos doce y dieciocho años de su vida (o más) con dinero aportado por su familia o su propio trabajo, que arrastra numerosos empleos de resistencia a tiempo parcial de dudosa calidad, portador de numerosas vivencias imprescindibles para el desarrollo de sus futuras ocupaciones, y que es “contratada” por un patrón público o privado para realizar un trabajo especializado con una remuneración, si es que existe, muy por debajo de la necesaria para mantener al menos el alojamiento, el transporte y la comida para subsistir. La consecución de dicho puesto es percibida por el que contrata como que está haciendo un favor al muchacho o muchacha al darle la oportunidad de aprender, y por el muchacho o muchacha contratada como que está haciendo el gilipollas al trabajar gratis. Que percibas una u otra de las opciones probablemente dependa del  grado de facilidad vital de la que has disfrutado durante toda tu existencia.



miércoles, 8 de febrero de 2017

El valor de los libros



Aprendí la importancia de la amistad leyendo Los tres mosqueteros o El señor de los anillos; aprendí el poder de la imaginación con esas obras maestras, y con las Crónicas y Leyendas de la Dragonlance, y con El temor de un hombre sabio; aprendí a conocer el mundo y relativizar mis problemas leyendo a Kapuscinsky o a Claudio Magris o viendo los mapas de National Geographic en los que aparecían todos los lugares del mundo estudiados al detalle que un día decidí que pisaría; aprendí que la vida es mucho más difícil de lo que yo pueda imaginar leyendo a Ayaan Hirsi Ali y su Mi vida, mi libertad o a Aminata Traoré y su Violación del imaginario; aprendí sobre África leyendo a Conrad y  a Javier Reverte, y sobre la India leyendo a Javier Moro y Álvaro Enterría y Ramiro Calle, y sobre Camboya leyendo a Kiernan, y sobre el mundo árabe y bereber y el desierto leyendo a Wilfred Thesiger, y sobre Filipinas leyendo a Rizal, y sobre el mundo en general con Los viajes de Júpiter de Ted Simon; aprendí a aislarme de él con Hacia Rutas Salvajes de Jon Krakauer y con Thoreau y su Walden; aprendí que no somos muy distintos a los animales leyendo a Jack London; aprendí el poder de los sentidos con Patrick Suskind y su El Perfume; aprendí que sería posible otro mundo, y que eso ya se pensó hace 500 años con Utopía, de Tomás Moro; aprendí que la vida normal y cotidiana, sin aparentes sobresaltos, puede parecer extraordinaria de la mano de Paul Auster, Richard Ford, Jonathan Franzen o Philip Roth; aprendí cómo respondería el ser humano a sucesos impensables y sus consecuencias en mundos reales con Saramago; aprendí sobre prehistoria con Jean M. Auel y su saga del Clan del Oso Cavernario; aprendí sobre historia de otros países con Dumas, Victor Hugo, Flaubert, Tolstoi, Dostoievski y Dickens y con libros como Treblinka; aprendí de mi historia con Almudena Grandes o con Josep Pla, o incluso con Pérez Reverte; aprendí sobre el futuro con Asimov, Ursula K. Le Guin, Stanislaw Lem, Orwell, Huxley y Mc Carthy; aprendí la suciedad de la vida y el ser humano con Céline, Henry Miller, Bukowsky o Hubert Selby Jr; aprendí que hasta lo más reprobable podría ser contado con hermosura con Nabokov; aprendí que la tristeza ahoga con Murakami; aprendí que la reflexión engrandece con Galeano, Benedetti, Herman Hesse, Bertrand Russell o Nietsche; aprendí que uno puede engancharse a la lectura con un best seller como Los pilares de la Tierra, y que incluso puede llorar con uno de ellos como Cometas en el cielo de Khaled Hosseini; aprendí que el interior del escritor y del ser humano en general es insondable, y a saber qué es el agua, leyendo a Joyce y a Foster Wallace; aprendí a dialogar y a que cada pequeña circunstancia puede ser motivo de una buena reflexión leyendo a Oscar Wilde; aprendí de evolución leyendo a Darwin, a Richard Dawking y a Stephen J.Gould, del universo leyendo a Hawking, de antropología y arqueología leyendo a Juan Luis Arsuaga. Aprendí sobre el amor y sobre el odio en todos y cada uno de ellos.

¿Cómo se refleja en un curriculum las cosas tan importantes de la vida que he aprendido leyendo? ¿Cómo obviar esta parte que me ha proporcionado muchísima más experiencia y sabiduría que lo que mis cursos, licenciaturas y trabajos anteriores me han dado?